miércoles, 2 de mayo de 2012

Heineken experience, think in green


Tras las dos últimas entradas escritas en el blog sobre mi periplo por tierras Holandesas, en lo que a cerveza se refiere, tocaba hablar cómo no, de la reina verde, tocada con su estrella roja y sus "es" sonrientes. Muchos ya sabréis que me estoy refiriendo a la Heineken, la archiconocida macro internacional que probablemente ocupe el puesto más alto del podium de las cervezas más bebidas del planeta, al margen de preferencias personales. En esta entrada no es mi intención hablar directamente de la cerveza fabricada por la multinacional holandesa, sino de la atracción turística que la cervecera montó hace algunos años en las instalaciones de la antigua fábrica situada en la capital holandesa, transformando la antigua cervecería en un espectacular escaparate interactivo acerca de la Heineken y todo lo que le rodea, incluyendo sus campañas publicitarias y de marketing.

Era el último día de estancia en Amsterdam, y tras haber cubierto el recorrido imprescindible de las guías turísticas entre museos y monumentos, y tras haber visitado alguna que otra cervecería de interés, quedaba otro de los grandes reclamos turísticos que ofrece Amsterdam a sus visitantes, la Heineken Experience, o lo que es lo mismo el museo interactivo dedicado de forma monográfica a la Heineken, toda una institución en los Países Bajos. Situada en la calle Stadhouderskade núm.78, junto a los márgenes del canal, nos encontramos con un sobrio y oscuro edificio de ladrillo, donde podemos leer en grandes letras doradas el nombre de la cervecera. A pesar de llegar casi veinte minutos antes del horario de apertura ya había gente esperando fuera, soportando estoicamente el gélido viento que había decidido acompañarnos esa mañana, lo cual demuestra la expectación que genera entre turistas de toda condición, género y procedencia, aunque obviamente suele despertar un mayor interés entre los aficionados a la cerveza, aunque no todos, porque tal y como dejaba entrever, a pesar de su éxito, la Heineken cuenta con numerosos detractores. Nada más entrar se encuentran las cajas, donde que hay que abonar la entrada. Precisamente el aspecto más criticable de la visita es el elevado precio de la visita. Nada menos que 17 euros. Me parece un tanto exagerado. Afortunadamente contábamos con unos cupones descuento y nos salió por 14 euros, con lo que conseguimos mitigar un poco el efecto en el bolsillo. En su favor también hay que decir que los niños menores de 7 años no pagan.
Con los tiquets nos entregan una pulsera de goma verde con el logo de Heineken que tiene adheridos 3 botones unidos a ella. Dos de ellos servirán para canjear por las bebidas que nos ofrecen como obsequio al final de la visita. El tercero es para un regalo adicional, sin mencionar de lo que se trata, y que habría que recoger en la tienda. Otro detalle que también admite cierto grado de crítica a mi juicio, y del que hablaré al final.

Comenzamos en una sala ambientada como un clásico pub irlandés, con el típico suelo de madera, y baja iluminación. Con una ambientación realmente conseguida, en esta especie de típica taberna, somos testigos de una original forma de presentación de lo que ha sido la historia de Heineken desde sus comienzos hasta la actualidad, a través de una serie de presentaciones multimedia proyectadas sobre lo que serían los estantes con las botellas y vasos situados detrás de la barra. El visitante recorre la trayectoria histórica de la compañía gracias a un simpático barman que en inglés, y cambiando de atuendo de acuerdo a la época de la que habla, va exponiendo cada uno de los entretenidos vídeos lo que ha sido la vida de la compañía desde que se fundó en 1864 dividiéndola en cuatro grandes etapas, cada una de ellas con su correspondiente miembro de la familia Heineken al frente.

A continuación, antes de pasar a la zona que podríamos considerar como museo o exposición propiamente dicha, tenemos la oportunidad de que nuestro rostro aparezca en una antigua etiqueta de Heineken, a modo de los típicos montajes fotográficos de feria, donde colocamos la cara justo en el hueco destinado a ello. En las siguientes salas se pueden ver multitud de objetos de épocas pasadas vinculados a la compañía, tales como una lista de precios, una antigua jarra donde servían Heineken, o un matraz empleado para los estudios y pruebas de calidad de la cerveza en otros tiempos, como muestra de que el procedimiento de elaboración de la cerveza es una mezcla de arte y ciencia, de talento y técnica.


Todo ello salpicado con multitud de carteles publicitarios y placas de cervecerías y restaurantes de diferentes épocas, algunos de ellos adornados con los típicos bellos dibujos, que hacen tan atractivos a este tipo de antiguos reclamos de multitudes que figuran en la memoria de tantas generaciones, que son los antepasados de los actuales anuncios y campañas de publicidad en televisión y otros medios.

El recorrido se realiza de forma cronológica, explicando cómo comenzó  Gerard Adriaan Heineken cuando compró la cervecería Haystack en 1864, evolucionando hasta el día de hoy pasando por los cambios en el logo empleado por la compañía, el crecimiento de la fábrica, y los diferentes emplazamientos.

En cuanto al logo y la imagen corporativa hay algunos detalles curiosos a destacar sobre los que se trata en la exposición, tales como por ejemplo: que las letras de Heineken son todas redondeadas y las "es" se encuentran ligeramente giradas, "mirando" hacia arriba como si estuvieran sonriendo, y la célebre estrella roja, que al parecer los antiguos cerveceros medievales la pintaban encima de sus cubas para proteger la autenticidad y asegurar la calidad con el poder de los cinco puntos de la estrella que simbolizaban los cuatro elementos básicos (tierra, fuego, viento y agua ) y un quinto elemento desconocido que ellos consideraban como "magia". 

También aparece el Dr. H. Elion que fue el descubridor de la levadura A, que es considerado el ingrediente secreto de la cerveza, y que es el que proporciona el característico sabor a la Heineken tanto para bien como para mal, según quien la beba, claro está.


Después pasamos a una zona que podemos considerar más didáctica donde el visitante comienza a tener más peso y protagonismo en cada estancia a la que accede. En la primera de ellas tiene lugar una pequeña introducción, por parte de un simpático empleado de la compañía, de lo que son los ingredientes de la cerveza que todos ya conocemos: Agua, malta, lúpulo y levadura, siendo este último el más especial en este caso particular, puesto que Heineken sostiene que precisamente su cepa de levadura es especialmente primordial dentro de la cerveza que fabrican, considerándolo según sus propias palabras, casi como magia, este toque magistral que proporciona a su cerveza la clave del éxito obtenido. De hecho es totalmente secreto, y está registrada como de uso exclusivo por la marca. Como curiosidad adicional mencionar que ponen a disposición del visitante una pequeña muestra de cada uno de los ingredientes para que sean examinados, tocados, y hasta olfateados. Aquí he de decir, que el lúpulo que ponen a disposición del invitado no se encuentra demasiado fresco, sino más bien todo lo contrario, lo cual para quienes conocemos y hemos tocado y olido distintas clases de lúpulo, nos hace esbozar una pequeña sonrisa, puesto que en este caso quienes visitan la antigua fábrica, no llegan a descubrir de verdad a qué huele realmente el lúpulo, al menos un lúpulo fresco, aunque este detalle entra dentro de lo esperado, puesto que por esta sala pasan miles de personas cada día, y el lúpulo que ofrecen de muestra obviamente no va a encontrarse en las mejores condiciones. En cualquier caso para aquellos neófitos en la materia, no es una mala aproximación para conocer de qué está hecha la cerveza, y qué aspecto tienen las materias primas que intervienen en su elaboración.


Tras la interesante explicación, se pasa a una gran sala diáfana con dos niveles, donde podemos encontrar una serie de enormes calderas de cobre relucientes donde ha sido elaborada la Heineken durante más de 100 años, el corazón de la fábrica. Aquí podemos encontrar a un empleado de la compañía ofreciéndonos una pequeña muestra de lo que sería el mosto de la cerveza, una vez concluida la fase de maceración. Todo aquel que lo desee puede probar a que huele y sabe ese producto, el embrión de la cerveza que es el mosto sin fermentar y sin adición de lúpulo. Aquí descubrimos un líquido del color de una manzanilla un tanto diluída, con un olor profundo a pan, y que sabe primordialmente a dulce, y cereal, casi como si fueran unos copos de cereales para el desayuno. Junto a las calderas hay una serie de paneles informativos que explican las fases del proceso de elaboración de la cerveza, y cómo se llevaba a cabo la cocción en estas calderas. En el interior de las mismas si nos asomamos también hay proyecciones acerca de los procesos de elaboración que tuvieron lugar dentro de ellas durante décadas.
De aquí se pasa al último vestigio de lo que fue la fábrica durante la primera mitad del siglo pasado incluído en el tour, el Stable walk, donde podemos encontrar en excelentes condiciones a los caballos y los antiguos coches de los que tiraban, donde eran transportados los barriles de la célebre cervecera en otros tiempos. Los caballos tienen su propio establo con su nombre: Karen, Freddy, Charly...y aseguran que aún siguen paseando a diario por las calles de Amsterdam tirando de los carros cargados con barriles de cerveza, aunque he de decir que yo no vi ninguno.

Tras este último detalle nostálgico acerca de cómo funcionaba el gigante verde hace más de medio siglo, pasamos a la que podríamos considerar la parte más lúdica e interactiva de todo el recorrido. Para empezar, vemos una pequeña muestra de lo que sería la fase de embotellado en las célebres botellas de vidrio verde serigrafiadas. Aquí se le ofrece la oportunidad al visitante de que puede personalizar la botella con el nombre que desee que aparezca grabado en ella. Se trata de una botella real, con cerveza en su interior. Para poder llevar a cabo esta personalización hay una serie de terminales en los que mediante una aplicación sencilla de software en pocos pasos habremos satisfecho el capricho de que nuestro nombre aparezca en una botella de Heineken, pero eso sí, previo pago de 5 euros. Una vez confirmado el aspecto final de la botella, nos avisan de que más adelante, al final del recorrido, en la tienda llegará el momento de recogerla.

A continuación llega la que para mi es la atracción más divertida de todo el recorrido. Se trata de la proyección de un vídeo titulado Brew U, en una sala especial de cine en perspectiva subjetiva, y con elementos móviles. Una experiencia 4D como la califican en la actualidad. En el vídeo como su propio título indica, nos "brewerizan", es decir, tomamos el papel de protagonista y somos una cerveza desde que llega el grano de la malta a la fábrica hasta que la cerveza es embotellada, distribuida, vendida y consumida. Realmente divertido. Ahora bien, hay que tener cuidado con las cámaras de vídeo y fotos, puesto que pueden mojarse. Si habéis leído bien, mojarse, y no quiero dar más detalles para no estropear la sorpresa a quien tenga la oportunidad de experimentarlo en primera persona algún día.



Después de pasar los momentos más divertidos del recorrido hasta el momento, y entre sonrisas y comentarios de los visitantes, pasamos a la sala de catas. Amplia, diáfana, con una barra totalmente circular central, y con algunas pequeñas mesas altas alrededor, los visitantes van tomando posiciones, cogiendo una de las copas que tienen ya preparadas con una Heineken recién servida, con su buena corona de espuma. Aquí otro empleado de la compañía nos guía por lo que sería un procedimiento básico de cata de la cerveza que produce Heineken, pasando por las típicas fases de apreciación visual, olfativa y gustativa, explicando cómo podemos identificar la malta y el lúpulo. Tras apurar la copa, pasamos a una sala con una serie de pantallas gigantes dispuestas en 360º sobre las paredes de una sala ovalada, con unos cómodos sofás dispuestos para poder ver lo que proyectan en las pantallas, que no es otra cosa que una recopilación de las últimas campañas publicitarias de Heineken, en su versión extendida, que vienen a ser casi auténticos cortos de cine, algunos de ellos realmente buenos.


Las siguientes salas están llenas de actividades lúdicas en las que el visitante vuelve a ser el protagonista, pero siempre con la Heineken de fondo, como por ejemplo la posibilidad de ser el protagonista de un vídeo musical publicitario, con canciones típicas holandesas. También podemos encontrar dispositivos multimedia muy originales, como las pantallas hechas con botellas de Heineken, donde proyectan videos musicales. Todo ello ambientado como si fuera una discoteca. Finalmente se pasa por una serie de salas donde se muestra hasta qué grado la cervecera Holandesa ha llegado a estar tan presente en la vida cotidiana de tantas personas en multitud de países, y en el mundo del cine, como el caso del acuerdo con la franquicia de James Bond, y el deporte, como en el caso de la Champions League.



Al final del recorrido, se llega a lo que es el bar del museo, amplio y muy bien ambientado, aunque en mi opinión con pocas mesas donde poder sentarse y tomar tranquilamente la cerveza con la que nos obsequian tras la visita, con cada uno de los botones de la pulsera que recibimos en la entrada. Hay dos opciones a la hora de hacer el canje, o bien tomamos una cerveza pequeña (de 0,25 litros) por botón, o una de tamaño grande (algo más de medio litro) por los dos botones. En nuestro caso optamos precisamente por esta última opción, tomando nuestra Heineken. He de decir, y sin ánimo de reiterarme en tópico alguno, que la Heineken que tomé allí no sabe igual que las que he podido tomar en España. He de confesar, que a pesar de haber consumido muchas pintas de la famosa lager holandesa en mi juventud, no figura entre mis cervezas favoritas ni de consumo habitual desde hace mucho tiempo, pero sé perfectamente a qué sabe una Heineken de barril y la que pude tomar en la antigua fábrica superaba a la hispana con diferencia, resultando una lager industrial bastante aceptable, dentro de lo que son este tipo de cervezas. Es lo que ocurre cuando vas educando el paladar durante años. Con el paso del tiempo el nivel de exigencia crece, y se seleccionan cervezas más complejas, con más aroma y más sabor, alejadas de las lager comerciales tan masivamente consumidas. Tras apurar la cerveza, nos dispusimos a finalizar la visita, pasando, como suele ser habitual en todos los museos y atracciones turísticas, por la tienda de productos de merchandising y vinculados a la marca, y recoger la botella que personalizamos en caso de que lo hubiéramos hecho en su momento en el tour. Me llamó la atención que me resultó un tanto simple, y sin tantos artículos como esperaba, pensando especialmente en prendas de vestir, tales como polos, camisetas, sudaderas, gorras, etc., más aún si la comparamos con la tienda de la fábrica de Guinness en Dublín, donde es espectacular todo lo que podemos encontrar con la imagen de la célebre stout irlandesa. Y justo antes de finalizar el recorrido preguntamos a uno de los empleados por el obsequio prometido, para lo que aún contábamos con el botón sobrante en la pulsera. Cuál fue nuestra sorpresa, cuando nos informa de que el regalo nos lo entregarían no en esa tienda, sino en la que tiene la firma en otro punto de la capital. Este para mi fue otro detalle negativo, ya que "obligan" al visitante a desplazarse hasta otro lugar de la ciudad, concretamente junto a la plaza Rembrandt. Amablemente eso sí, te dan un tiquet para usar de forma gratuita un transporte fluvial para llegar hasta la tienda. Creo que por el precio cobrado a la entrada no estaría de más el ofrecer el obsequio al visitante, sin necesidad de hacerle ir hasta otro lugar de la ciudad. De hecho no pudimos pasarnos por falta de tiempo. En cualquier caso y a pesar de algunos punto mejorables que ya he mencionado, la visita resulta entretenida, didáctica y divertida, especialmente recomendada para los grandes fans de la Heineken, y aquellos que estén interesados en la historia que hay detrás de esta compañía.

2 comentarios:

  1. Gran y nutrida visita! En mi opinión, a parte de lo dicho al final (la recogida del obsequio) y del precio un tanto excesivo (ya se sabe con este tipo de cosas), merece mucho la pena! No soy fan de Heineken pero conozco más de uno que viendo tanto cachivache de "la verde" se pondría a temblar... ;)

    Saludos!

    ResponderEliminar
  2. Merece la pena, pero sigo sosteniendo que es demasiado caro. Una pasada, pero bueno. Muy divertido lo del vídeo de "Brew U". Para mi lo mejor de la visita. Salu2!

    ResponderEliminar